Empezó a volar en parapente a los 65 años y ya no lo pueden parar

La historia de un vecino de Chacabuco.


José Horacio Frutos siempre quiso volar, pero tenía miedo. A los 65 años se subió a un parapente y ya no quiso bajar.
Frutos tiene actualmente 69 años. Es un obrero de la construcción jubilado, que tuvo participación en la Sociedad de Fomento del barrio Parque Chacabuco. Sin embargo, lo que lo define desde hace cuatro años es su pasión por el vuelo.
“Llegué al parapente por casualidad –explica–. Los veía volar y, en esa época, trabajaba en la Cooperativa Eléctrica y pensaba en mi jubilación. Entonces hice cursos de gasista, de tercera y de segunda; de electricista de obras; de delineantes, y de carpintería. Al frente de este último curso estaba Sergio Porcel de Peralta. Se me había roto el eje del torno para  madera y me fui a un tornero para que me lo hiciera. Ahí vi un aparato, era un ventilador grande. Le pregunté al tornero de quién era y me dijo que pertenecía a mi instructor de carpintería. Me preguntó si sabía lo que era y cuando le respondí que no, me contó que era un motor de parapente. Me quedé estudiando el equipo, muy entusiasmado. A la clase siguiente, le comenté a Sergio que había visto el equipo y él me habló del parapente. Me enloqueció.”
“Acá no había parapente biplaza para llevar a un pasajero –continúa Frutos–. El único que tenía uno era un parapentista de Saladillo, que cada tanto venía a Chacabuco. Quedaron en invitarme cuando viniera, para dar una vuelta”.




“Un día estaba lavando el auto y Sergio me llamó –recuerda–. Me contó que tenía que ira un campito, bajando tres quintas desde la Agrupación Atlética. Fui y ya estaba el biplaza, había pasajeros preparados para salir a volar. Cuando subió el primero, no lo vi bien porque por el viento salió bamboleándose. Después subió otro chico, sin problemas, que había terminado de bajar, estaba enloquecido. Luego subió una chica y como no me decidía, me dije que si la chica bajaba bien, iba a subir. Y la chica bajó enloquecida”.
“Subí y apenas bajé, pregunté qué era lo que tenía que hacer porque quería seguir volando. Justo había un parapentista que quería hacer un biplaza y estaba vendiendo su ala. Me dijo que me lo vendía por 1.500. En esos tiempos, tenía 1.500 pesos y cuando se lo comenté a Sergio en la clase, me dijo Frutos, ¿usted sabe 1.500 qué son? ¿Son dólares. Para colmo, ya  le había dicho que sí. El que me lo vendía también me daba clases, así que me dijo que se lo fuera pagando como pudiera. Se lo compré”.

–¿Es difícil aprender a volar?
–El curso de parapente consiste en aprender a manejar el ala en el piso. Uno tiene que inflar el ala, el parapente tiene dos paños con costillas en el medio, ahí adentro se mete el aire y eso es lo que hace que se pueda volar. Hay que aprender a dominarlo.  Hay tres formas de volar en parapente; una es con el paramotor, otra es saltando de una montaña. En realidad, en ningún momento se salta de la montaña, antes de llegar a la cornisa de la montaña, ya se está en el aire. También se puede volar con las térmicas o dinámicas de aire que se forman cerca del suelo.

–¿Cómo las encuentra?
–Hay un momento del día en el que se forman las térmicas. Aproximadamente desde las 11.30, a las 17.00. pero no debe haber humedad, tiene que estar seco. Quien vuela desde hace mucho, sabe encontrarlas. Se ven mariposas volando cerca, o bolsas, o pasto. También está el altímetro que te avisa cuánto vas subiendo.

–¿Y tiene que estar buscando térmicas para volar?
–Para volar en una térmica no se sale del piso. Nos remolca una camioneta con un malacate que tiene más o menos 1.000 metros. Uno tiene un enganche que puede soltar cuando ya está arriba o encuentra una térmica. Si la encontrás, podés estar dos o tres horas arriba, si no, retornás al punto de partida y volvés a intentar.

–Hasta ese momento, ¿no había volado nunca?
–No, nunca. Ahora ya no vuelo con el paramotor porque tengo colocado un marcapasos y el arnés me da justo en el pecho, me tendría que hacer un carrito para ir sentado. En el viaje que hicimos a La Rioja nos largamos desde el cerro De La Cruz. Yo vuelo con las térmicas, pero mi primer día de vuelo solo fue una locura. Soy un tipo que a la noche, apoya la cabeza en la almohada y se duerme, pero esa noche el reloj marcaba las 2.30 y no me podía dormir por todo lo vivido.

–¿Fue una sensación desconocida?
–Toda la vida quise volar, pero nunca había tenido la oportunidad. Cuando era joven y trabajaba con el arado en el campo, observaba a los pájaros. Nosotros hacemos como ellos, vamos de frente al viento, pero en el tractor no me daba cuenta. Creo que hay mucha gente que quiere volar, pero tiene lo que yo también tenía: miedo. Yo no fui suelto de cuerpo y volé, tenía miedo. Hoy, si me toca aconsejar a alguien, le digo que no hay nada más seguro que el parapente. Depende de uno mismo, uno tiene que controlar todo antes de salir. El que se la juega arriba, es uno, el control es tuyo.

–¿Lleva paracaídas para emergencias?
–Sí.

–¿Por qué podría llegar a utilizarlo?
–La térmica se forma en espiral. Antes de entrar, el aire te baja y adentro, te eleva. En ese momento, si se ingresa de costado, de un lado, el ala se baja, y del otro, sube. Empieza a flamear, si se pliega puede pasar que uno se caiga.

–¿A qué altura están las térmicas?
–Pueden estar más abajo o más arriba, pero es mucho más seguro volar alto que bajo. En la altura, uno tiene tiempo de hacer muchas cosas. Si estás volando bajo, no podés hacer mucho porque estás demasiado cerca del piso.

–¿Cuánto tiempo voló la primera vez que lo llevaron en el biplaza?
–Media hora.

–Y ahora que vuela solo, ¿cuánto está?
–Puedo estar tres horas. En el cerro de La Cruz estuvimos volando cuatro o cinco horas. Hay una diferencia entre el vuelo en avión y en parapente. En un avión uno va como dentro de un auto, con todo cerrado. En el parapente se vuela con los pies colgando, estás volando como un ave. En un vuelo libre, todo depende de vos. No es como con el paramotor, que te lleva de un lado para el otro. Libre, volás vos.

-¿Que se siente?
-En los primeros vuelos fue todo un poco tenso. Después, a medida que fue avanzando, me fui aflojando y me di cuenta de que podía tener confianza en el parapente porque no iba a pasar nada. Cuanto más volás, más avanzás. Hay días que son muy buenos, y otros  no tanto.

–¿Por qué?
–Cuando hay turbulencia, se nota el bamboleo. Se va de acá para allá. Cuando uno se acostumbra, no pasa nada. Cuando volaba con el paramotor, no lo sentía, ahora, con las térmicas, sí. La vela se mueve de un lado para el otro, pero no me afecta.

–¿Cómo se controla la vela?
–El ala tiene comandos para manejarla y frenar. Cuando uno no quiere seguir subiendo, hay que salir de la térmica. Hay que tener en cuenta que con las térmicas se pueden alcanzar los 3.000 metros de altura o más, pero a esa altura uno ya empieza a apunarse, a perder el control. Se necesita oxígeno. Algo que me sorprendió es que yo pensaba que cuando más cerca del sol me encontrara, iba a tener más calor. No puedo explicar el frío que hace ahí arriba, es terrible. Hay que abrigarse bien. En pleno enero, hace frío.

–¿Qué le permitió vivir el parapente?
–El parapente me dio mucho. Primero, no hubiera volado; segundo, no hubiese salido del país. Poco después de andar en parapente, tuve problemas de corazón y me colocaron el marcapasos. En ese momento estaba pagando un viaje a Iquique, Chile, donde se vuela en una semana lo que se podría volar por acá en un año. Me operaron y pensé que no iba a ir porque no podría volar. Me había gastado toda la plata, pero en una peña otros parapentistas me dijeron que me bancaban, total después lo iba a poder devolver. Así fue como viajé en avión hasta Chile. He viajado a provincias gracias al parapente. Le debo mucho.

–¿Cómo toma su familia su afición al vuelo?
–En un principio todo era no, porque empecé de grande. Empecé a volar a los 65 años, no era fácil verme allá arriba, colgado, pero no me pudieron parar. Era una locura la que tenía por volar, por eso, creo, superé el miedo que tienen muchos. En un principio, todos tenemos miedo, en cada cosa que uno inicia, hay desconfianza, pero la superé. Fue por el deseo de volar que yo tenía.


(Entrevista de Cristian Otegui publicada en la edición del domingo 15 de octubre de 2017)